Take a break...



A veces, los seres humanos nos volvemos más complejos de lo que ya somos. Es decir, si lo piensas en frio, somos seres pensantes, cuyos sentimientos pueden rebasarnos de maneras increíbles e impensables. Vamos por la vida llenos de pensamientos, acerca de todo, sensaciones, recuerdos y sentimientos. Cada uno de nuestros pasos representa algo para nosotros, cada una de las huellas que inadvertidamente dejamos a nuestro paso.  

Incluso hay días donde nos sentimos sobrecargados, yo lo llamo “exceso de humanidad”. Demasiada angustia innecesaria por las vicisitudes de la vida, mucho drama y poca calma. A pesar de solo tener 23 años de edad, he tenido la suerte de conocer a muchas personas, he oído miles de historias y guardado silencio en momentos donde, sino tenía nada bueno que decir, mejor no decía nada. No obstante, las personas no parecen estar muy familiarizadas con ese concepto, ya que he sido blanco de críticas no tan constructivas por mucho tiempo.

Ayer leí una frase que me encanto, decía: “No permitas críticas constructivas de personas que jamás han construido nada", quizás tenga algún autor anónimo o solo sea un afortunado pensamiento que llego a mí en el momento adecuado. ¿Quién lo sabría con certeza? Realmente no es importante ahora, hoy escribo este largo y reflexivo post, porque he pasado un par de días lejos de todo. No por gusto claro está, ¿quién querría operarse y sufrir las consecuencias del post sin necesitar de la misma? ¡Yo te lo diré: NADIE!

Hace casi una semana me sometí a una operación para extirpar mis amígdalas y mis cornetes. Por lo cual accedí de manera involuntaria a un torbellino de “reposo” “de aburrimiento en casa”. Pero sin darme cuenta, también encontré algo de paz interna. Vivo en un lugar un tanto conflictivo, no solo por la situación económica y social, sino por los niveles de stress que llevan las personas en su haber. Como es de esperarse, los días previos a la cirugía tuve que correr de un lado a otro, resolviendo algunos asuntos y haciendo diligencias.

Salir a la calle en Venezuela, es como una bocanada de aire caliente, como un sorbo amargo de néctar, cuyo efecto al rozar tus labios es masivo. Justo así, vas a luchar, no solo contra el imponente clima que tenemos por estos días. Sino contra la actitud que las personas llevan a flor de piel, yo lo catalogo casi como histeria colectiva, pues es difícil salir y encontrar a una persona cálida que te de los buenos días sin un toque de sarcasmo. Los venezolanos nos hemos vuelto amargados, estresados y sino lo éramos antes, ahora GROSEROS.

Reflejamos nuestros problemas en las demás personas, casi como si fuese su culpa que estemos viviendo un pequeño infierno. Criticamos su vida, imponiéndonos un derecho que realmente no existe y juzgamos su vida, como si fuese un juego en plena acción sobre el tablero de ajedrez. He tomado estos días para reflexionar, para darme cuenta que nadie es juez, ni yo estoy en la corte, no tengo que rendirle cuentas a nadie sobre lo que hago, siento o pienso. Y mucho menos tengo el derecho de apuntarlos con mi dedo acusador, es decir, solo puede afectarte si su vida te importa lo suficiente. Pero lo más gracioso de todo, es que mientras todos salían en semana santa y se divertían en sus frívolas vidas, yo me quede aquí, aquí de donde soy, justo aquí y pude ver más cosas que las que empañaron sus ojos. Puede que no lo entiendas o te parezca tonto, pero lo que realmente necesitas es un break. Para notar que has perdido el camino o que más bien lo encontraste…

Recuperándome poquito a poco… #PeriodistaNoctambula 



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